1 de febrero de 1981

POR LOS CAMINOS DE LA VIDA

Cada hombre posee una filosofía acerca de la vida. Hasta el más ignorante de los mortales concibe algo de lo que constituye el objeto de su vida. El hombre de mundo es con frecuencia un filósofo de primer orden, ya que posee durante su vida principios del más claro carácter, y no consiente que su posición sea destrozada por los reveses de la fortuna.

El hombre de inteligencia y de imaginación posee menos certeza y generalmente se encuentra incapaz de formular sus ideas en base a lo que más profundamente interesa a la naturaleza: la vida del hombre.

El verdadero filósofo es aquel que no pone objeción alguna y que admite plenamente que el misterio de la vida es inaccesible al pensamiento ordinario, del mismo modo que el verdadero sabio confiesa su completa ignorancia acerca de los principios que tras de la ciencia se ocultan.

Si existiera cierta forma de pensar que permitiera al hombre apoderarse de los grandes principios que como causas existen en la vida humana, sería una cuestión que ningún pensador medio podría resolver.

A pesar de todo, el vago presentimiento de que los efectos que percibimos son debidos a una causa, de que existe un orden regulando el caos, y una sublime armonía que penetra a través de lo discorde, domina a las ardientes almas de la tierra, permitiendo que anhelen por la visión de lo invisible, por conocer lo incognoscible.

¿Por qué ansiar y buscar aquello que está por completo fuera del alcance, mientras los sentidos interiores están dormidos? ¿Por qué no reunir los fragmentos que tenemos a mano, y ver si por medio de ellos podemos dar alguna forma a aquella confusión inmensa?

Si en el camino de tu vida te están asaltando estas dudas, hace cincuenta años te hubieran aconsejado seguramente desde unos ejercicios espirituales hasta un cambio de aires, o ir a tomar las aguas a unas termas romanas. Hoy existen en nuestro país, al igual que en todo el mundo, comunas de todo orden, mejor o peor organizadas, y agrupaciones especiales que bien predican el ayuno, o fomentan técnicas especiales de desarrollo corporal-espiritual, todas con mayor o menor aceptación según la mentalidad de cada individuo.

Sin embargo, también existen otras formas, otras maneras, otras soluciones, cuales son para llamarlas de alguna forma, un cambio de aires con ventanas a la calle, o mejor a la naturaleza. Algunas de mis mejores inspiraciones las obtuve en un monasterio cartujo, pero comprendo que ello no es muy accesible, pero otras las conseguí contactando simplemente con la naturaleza.

En la provincia de Gerona, muy cerca de Besalú, existía una típica masía catalana, en la que en su puerta se hallaban plantados dos cipreses, claros indicadores de que le sería ofrecido al visitante, comida, la que hubiera en la casa, y un lugar para alojarse. Allí ni se enseñaban ni se practicaban técnicas especiales, imparticiones de sabiduría ni iniciaciones de ningún tipo. Simplemente si el visitante así lo deseaba podía formular preguntas al habitante de la misma, André Malby, el sabio de las plantas, como le llamábamos alguna vez. La gran peculiaridad de este hombre singular era la de –quizá sin él saberlo–, ayudar al prójimo en conversación propicia para abrir el subconsciente de su interlocutor, permitiendo así que aflorara la armonía, y pudiera éste por mediación de esta armonía ver más claro, o sea, encontrar solución a sus problemas, o respuesta a sus preguntas, muchas veces incontestables.

El nombre de la masía era “Mas Teixidor”, era sólo un lugar de paso en el camino de nuestra vida, de nuestra evolución. En la puerta había dos cipreses, y en el interior un hombre que deseaba darse a los demás, su nombre era André Malby.