1 de julio de 1986

EL INICIADO (2)

De arriba abajo todo es afinidad, atracción y repulsión en las fuerzas que nos rodean. Veamos primeramente las que intervienen en el ser humano. La más baja de todas se manifiesta bajo forma de apetito sexual. Esta fuerza brutal que usurpa el nombre del amor asegura la continuidad de las especies por medio de la asechanza del deseo.

Por encima de estas fuerzas groseras, existen otras más conmovedoras que interesan al corazón. Un ser se siente atraído hacia otro por el placer de encontrarse juntos, de fundir corazón con corazón, y éste es el amor sentimental que puede tener horas de éxtasis magníficas, pero que está muchas veces a merced de los impulsos.

Vienen encima las fuerzas más delicadamente totalizadas que afectan el espíritu y crean el amor cerebral. Esta atracción se manifiesta en forma del interés que un ser manifiesta a otro en el dominio intelectual, en la comunicación de pensamientos, en el impulso espontáneo de simpatías. Es una amistad más ardiente que procura grandes alegrías al que se libró del instinto.

La Naturaleza puede concedernos alegrías más elevadas y más puras; el que sintió su corazón ensancharse bajo los rayos del sol, y el que saboreó como una confidencia los tiernos silencios de la luna, el que comprendió las fuerzas que nos bañan con su flujo poderoso, se siente en comunión con el Infinito, adivina las potencias que residen en él y a su alrededor.

Dicen los Iniciados, que existen sin embargo, otras fuerzas superiores a las que acabamos de describir. Son las leyes eternas, por las cuales el Universo fue creado. En todo y por todo, la acción de las Fuerzas se afirma poderosamente. Presiden el amor, ya desencadenen los ardores del amor físico o las tiernas languideces del amor sentimental, sea que arrastren dos almas en el torrente de las armonías espirituales o que, sobrepasando las finalidades humanas, les hagan planear en el infinito de las fuerzas, donde la Vida empieza y se estremece. Todas estas emociones, todas estas palpitaciones, todos los desfallecimientos, todos los dolores, todas las alegrías, todas, son manifestaciones renovadas, sin cesar, de una sola fuerza. Fuerza todopoderosa que es la que domina a los hombres. Bajo diferentes nombres es la atracción, el amor, el magnetismo y la vida.

El papel del Iniciado –según afirman–, es conocer los diferentes aspectos, seguirlos en sus múltiples manifestaciones. Para hacerse dueño de estas fuerzas, primeramente debe dominar las que sienten en sí: tiene el deber de dominarlas y hacerlas rítmicas para ponerse en perfecto acuerdo con las de la Naturaleza que debe llamar en su ayuda.

Debe ponerse en armonía con las inteligencias que iluminan a los hombres, ya que las fuerzas de abajo son groseras y nos solicitan para descender. A medida que el ser humano se eleva, estas fuerzas se convierten en más armoniosas y hermosas.

Las potencias de arriba son, en el gran Cosmos, las Antorchas, las Claridades puras que iluminan la frente del pensador, del filósofo, del inspirado, del iniciado. Estas fuerzas fomentan las alegrías más puras; son las fuentes de la inspiración divina que da al poeta y al artista el reflejo del cielo.

Existen fuerzas y no podemos negar su existencia, fuerzas nerviosas, vitales y magnéticas, aunque poco importa su nombre. Están en nosotros y nosotros lo sabemos. Son la misma esencia de nuestra vida. Las fuerzas que mueven la máquina humana, pueden acrecentarse o perderse, según la higiene física y moral a la cual se sujetan.

Muchas veces somos víctimas desgraciadas de las fuerzas que nos rodean por no estar lo suficiente atentos o distraídos por el placer de la vida. Muchísimas personas en la actualidad se quejan de que las cosas no les van bien y culpan precipitadamente a que ‘‘alguien’’ les hace ‘‘mal de ojo’’ u otra forma de magia parecida. No queremos opinar alegremente en este sentido, sin embargo sí diremos que aquel que en el campo de su vida siembre patatas sólo recogerá patatas, nunca coles. Queremos decir, pues, simplemente, que el que siembra vientos, recoge tempestades.