1 de junio de 1986

EL INICIADO (1)

Desde siempre, y más en nuestros días, el oír hablar de iniciación, envuelve de misterio la conversación, y sin dudar, recordamos a los grandes iniciados: Jesús, Mahoma, Buda, Lao-Tsé, etc. pero ¿no hay más? Seguramente hoy habrán más de veintiuno de ello, pero es también probable, no sean de la talla de los mencionados.

Los ocultistas llaman iniciado a aquel ser que ha logrado el equilibrio en sus tres vertientes: cuerpo, mente y espíritu, a fuer de doblegar sus inclinaciones –digamos negativas– con el único exclusivo objeto de irradiar amor que sirva de ayuda a su prójimo y por Amor a Él.

Naturalmente, el equilibrio ideal del ser humano no puede existir mas cuando el cuerpo está en perfecta salud. No insistiremos aquí en la dirección que haya de darse al cuerpo, pues cada cual debería conocerse, pero sí decimos que el cuerpo no permitirá un rendimiento óptimo al pensamiento sin que la vida sana que obtenga dé a todos los órganos lo que es necesario y nada más que esto. Ello quiere decir que es preciso un alimento para su funcionamiento armonioso, pero el cuerpo no necesita otro estímulo que la voluntad, que una voluntad tranquila, lúcida y activa.

Una vida discreta y una prudente alimentación: justa, suficiente y juiciosamente compuesta es la base. La Ley de Manú es terminante en este punto: ‘‘Comer demasiado causa impureza, perjudica a la salud, a la duración de la existencia y a la felicidad futura, aparte de que es objeto de censuras en este mundo’’.

No es necesario solamente dar al cuerpo una alimentación selecta y poco abundante; es preciso darle salud y la calma por una respiración amplia, mediante ejercicios físicos juiciosamente comprendidos; es de primera necesidad para que el engranaje material de una fábrica (nuestro cuerpo) esté en buen estado.

Acto seguido hay que llegar a un perfecto dominio del inconsciente. Esta parte de nosotros mismos es el asiento de nuestros deseos y nuestras emociones. Es una personalidad peligrosa, porque nos arrastra muchas veces a donde el espíritu no quisiera ir y por eso y para poder continuar siendo uno mismo, es necesario cogerle de la brida fuertemente. Esta educación del inconsciente es de absoluta necesidad; sin ella la voluntad se quiebra y se deja llevar como una loca.

Hay aún otro motivo por el cual el iniciado debe convertirse en dueño de sus impulsos, aún de aquellos que le parecen más agradables de seguir. No solamente le conviene estar en equilibrio perfecto, tanto para beneficiarse de los influjos superiores, como para extenderlos en torno suyo, sino que si aspira a actuar sobre otros, no podrá hacerlo más dando ejemplo.

La autosugestión nos permite dominar los impulsos inútiles, quebrantar las brusquedades, convertirnos verdaderamente en nosotros mismos, en el que inspira confianza porque la merece. No se considera con facilidad, hay que ejercitarse en desempeñar este papel lentamente, grado a grado, hasta llegar a componer el personaje que se quiere ser. Este proceso activa las cualidades y los poderes que están en nosotros y que queremos desarrollar.

También la educación de la mirada será una ayuda muy poderosa en estas circunstancias, pues dará tranquilidad y fuerza al espíritu.

Todo esto no es más que el principio de la iniciación, pero es la base sólida que servirá de cimentación de un gran edificio. Sin el principio es inútil querer ascender, se podría obtener algún resultado, pero sólo se alcanzarán resultados inciertos, transitorios e incompletos, en cambio, con el dominio perfecto, se llega fácilmente a resultados que sobrepasan en belleza a cuanto pueda imaginarse el pensamiento.