1 de diciembre de 1987

EL POR QUÉ DE LA DECADENCIA DE LOS PUEBLOS

La incomprensión de ciertas leyes conduce a la decadencia de los pueblos. El mecanismo de disolución o desaparición ha sido idéntico para todas las civilizaciones pasadas.

Cuando un pueblo, una nación, una cultura, llega a un grado máximo de civilización y de potencia, o creyéndose seguro de no ser atacado por los vecinos, empieza a disfrutar desordenadamente de los beneficios y del lujo que procuran las riquezas, las virtudes militares se desvanecen, el exceso de civilización crea nuevas necesidades y el egoísmo, entonces, se desarrolla de forma desorbitada.

No teniendo más ideal que el goce de los bienes rápidamente adquiridos, los ciudadanos abandonan la gestión de los negocios públicos del Estado y pierden rápidamente las cualidades que habían constituido su grandeza. Entonces, los vecinos bárbaros, o medio bárbaros, teniendo necesidades muy débiles, pero un ideal muy fuerte, invaden al pueblo demasiado civilizado, formando una nueva civilización con los despojos de la que hundieron.

Si contemplamos el progreso que la humanidad ha recibido en los últimos cien años veremos que ha sido inmensamente superior en cantidad y calidad a la que existía hace 50.000.000 de años, si consideramos esta edad como modelo. Este mismo progreso, que ha sido proporcionadamente incomprensible, ha sido incapaz de ser asimilado por la especie humana, y de ahí nacen los errores y los desordenados comportamientos sociales de hoy.

De la misma manera que existen enfermedades individuales, hay también enfermedades sociales, y todas provienen de nuestras faltas, cuyo peso se añade a las cometidas por nuestros ascendientes. El doctor Pablo Carton lo expresa así:


EL IDEAL DE PERFECCIÓN

‘‘En lo concerniente a la especie, las enfermedades se declaran en forma de vencimientos o sanciones a las desobediencias colectivas de las leyes naturales de verdad, bondad, unidad, abnegación, trabajo, sobriedad y disciplina de sí mismo, que son las condiciones fundamentales del progreso, de la salud y de la felicidad de las razas humanas’’.

‘‘Cuando estos principios fundamentales se violan hace tiempo, se declara primariamente una enfermedad colectiva. Este estado de degeneración física y mental disminuye la vitalidad y la moralidad y debilita las fuerzas de resistencia de una nación. Se hace apta para contraer las enfermedades catalogadas así: guerras civiles o extranjeras, epidemias, etc. Estos azotes obligan a suspender las costumbres malsanas, buscando lo más acertado y aplicándose en los deberes esenciales: espíritu de verdad, de unidad, de disciplina, de caridad y altruismo’’.

‘‘Si se trata de una guerra, los hombres valientes dan el buen ejemplo de las virtudes, de los sacrificios y del valor, defendiendo la colectividad, mientras que los tormentos morales y las privaciones materiales harán decaer y desaparecer a los débiles’’.

De todas maneras, ya se trate de epidemias o de luchas, la obra de selección se prosigue a fin de que las malsanas condiciones de vida social se suspendan y que los elementos degenerados desaparezcan, para que el tormento de los vicios mentales y de las tareas físicas no llegue a la larga a sumergir la especie, neutralizando el arranque vital original. En suma, cuanto más el individuo o sus agrupaciones se separan de la ley natural, en la elección y perfeccionamiento de sus condiciones de vida y de evolución, más crecerán las sanciones dolorosas y colectivas, ya que el progreso es una buena fatalidad (?) y todo lo que no queremos aprender por grado y buena voluntad, se nos impone a la fuerza por el orden bienhechor de las cosas.

Desarme universal general, vacunaciones múltiples, no llegarán jamás a detener la vuelta de las plagas, ya que la represión del mal operado sobre un punto, con ayuda de medios artificiales, lo apartará más lejos, pero lo transformará en una desgracia mayor mientras no se destruya en su origen.

La obligación de descubrir, de proclamar y practicar las leyes naturales que regulen el régimen, la higiene, la conducta intelectual y moral de los hombres y mujeres será el único remedio general para alejar todas las miserias humanas y como consecuencia, el único fin que debe ofrecerse a los esfuerzos de cada cual. En una palabra, la buena salud individual y social no puede adquirirse más que por la voluntad, cada vez más fuerte, de obedecer a las leyes naturales y divinas, es decir, de pensar justamente y en todas las cosas de bien proceder. Ésta es la finalidad que persigue el Iniciado.

El Iniciado tiene primeramente el deber de perfeccionarse, de elevar su espíritu, de abrir más aún su corazón y su pensamiento, de hacer llamamiento a las energías superiores, atrayéndolas por su ritmo personal convertido en armonioso y fijando estas potencias en él.

Una vez adquirido este primer punto, quiere esparcir a su alrededor la felicidad que posee; quiere dar a cada uno su fuerza, la esperanza y la alegría que llena su corazón. Si tal fuera el ideal de cada uno, el bien sería colectivo y resultaría pronto un bienestar general. Cierto es que si todos, o por lo menos la mayor parte, llegásemos a esta sabiduría rítmica, evitaríamos los males que afligen a la Humanidad, no temeríamos ninguna revolución, ya que nuestra evolución caminaría seguramente por un cauce de progreso. No habría más guerras, ya que todos los pueblos desarrollarían paralelamente la fuerza personal, según el carácter y las cualidades que le son propias. Tal es el ideal que debe perseguir el Iniciado, cuyos pensamientos deben encaminarse hacia una humanidad mejor.


LOS SECRETOS DEL SABIO

¿Qué se necesita para triunfar en este camino sublime? Nada más que la difusión de un ideal elevado que nos dé la fuerza de soportar las pruebas necesarias y que también nos dé la sabiduría de no tratar de aprovecharnos de nuestra fuerza y de nuestra felicidad para hacernos agresores de los que nos parecen menos felices o más débiles.

Lo necesario es sentir plenamente todas las armonías que nos rodean y que constituyen la mayor riqueza de la organización humana. El que las siente no tiene más que un deseo: el de ponerse en armonía con las ondas poderosas y con las armonías supriores que dotan al hombre de una fuerza bienhechora, embriagándole con una alegría radiante que el iniciado esparce de todo corazón sobre todos los seres.

No se puede negar que existe el creyente, no solamente el que cree a ciegas en cualquier doctrina, sino el que, después de examinarla y examinarse a sí mismo, adopta el pensamiento que cree mejor, que se eleva hasta las Potencias directoras de nuestro Universo, vibra al unísono con las fuerzas que encontró y en esta comunión constante, con un ritmo superior, se siente rodeado de alas que lo conducen a planos más elevados y al que las Potencias amigas que se entregaron a sus investigaciones asisten en cualquier circunstancia.

Error es creer que el hombre está aislado en el Universo y entregado a sus propias fuerzas. ¿Qué es el hombre ante estas influencias? Pascal lo definió rigurosamente: ‘‘una cuña, pero una caña pensadora’’. Está sometido a energías formidables que el vulgo no sospecha. Este conocimiento está reservado para el que lo buscó, para el que eleva el espíritu y abre el corazón, y, lejos de las absurdas agitaciones del mundo, se aísla para entregarse a la investigación de la verdad.

Pero desde Pascal hasta nuestros días ya han transcurrido varios siglos y quizás sería mejor decir que si el ‘‘humano’’ es consciente no tendrá que alejarse en pos de la meditación e investigación aislada, sino que viviendo en el entretejido general su visión dará paso a los aconteceres diarios de la vida abriendo un túnel de convivencia ‘‘consciente’’ con sus semejantes.

Difícil debe ser alcanzar estas verdades tan preciadas que nos conduzcan hacia un mundo completamente nuevo en que podemos bañarnos con fuerzas tan poderosas y dulces como la música de las esferas. Estas fuerzas no se niegan a nadie, pero es preciso adquirirlas uno sólo y por eso nuestro objetivo debe ser el de acercarnos según las posibilidades de cada uno. No hay más que un solo medio que permita hacerlo: el de renunciar a finalidades egoístas y vulgares, tener un ideal superior, comulgar con la Naturaleza, dejándonos llevar por las inspiraciones Superiores. La comunión con la Naturaleza no debe ser solamente un placer completamente físico. Claro que es hermosa, pero su mayor hermosura está oculta a los ojos de la carne; el Sabio, el que encontró el camino, debe tratar de sorprender sus profundos secretos. ¡Existe ahí un magnífico ideal!


EL PENSAMIENTO SUBLIME DE DIOS

Admiremos los esplendores del mundo, pero esta admiración crecerá al mismo tiempo que nuestra alegría. Considerando la vida por sus obras y en su esencia, la sentiremos más cerca, lanzándole nuestro llamamiento que será oído. La ayuda de las Potencias superiores se hará sentir rápidamente.

En las horas de acción el ser que evoluciona extrae en la fuente superior energías formidables que lo dotan de poderes desconocidos: no por esto se convierte en un superhombre en el sentido devastador y egoísta que se atribuye a esta palabra. Se convierte en un ser poderoso, capaz de las más elevadas actividades. Realiza entonces, en la plenitud de sus recursos innatos y adquiridos, lo que había constituido su sueño y le había parecido irrealizable, cuando se arrastraba penosamente sin fe y sin ideal.

En las horas de reposo, el Iniciado se entrega a la dulzura de la Naturaleza apaciguada. ¡Qué serenidad siente dejando vagar el espíritu por las lejanías azules del cielo! La brisa lo acaricia con su ala fluida, pero más dulcemente lo acarician las emanaciones pacíficas de las fuerzas de lo alto; van a tranquilizarle, a librarle y a reconfortarle, dándole el repaso necesario para la lucha.

Para finalizar, permitidnos que lo hagamos con unas palabras de Durville:

‘‘Nuevo Iniciado, ¿no comprendes ya toda la hermosura de los mundos? En un principio sólo se ven imágenes que aún son jeroglíficos poco inteligibles, pero si se miran con más profundidad, se recibe la nueva Iniciación que te da la Naturaleza maternal. Una alegría sublime te inunda, pero no creas haber obtenido el objeto por la única razón de que llamas a la puerta. De día en día, bajo tu mirada tenaz, el velo de Isis se hará más transparente y deberás a ti solo la fuerza. ¡Mira y escucha! La primavera esparce su fuerza desde el blanco nido y la onda parlanchina hasta la más lejana estrella. Tú, cobijado por alas invisibles, pero de las cuales aprecias el calor natural, sientes que te penetra la dulzura de vivir. Tus ojos se asustan un poco ante la inmensidad de tu dominio, pero lo mismo que el que acaba de heredar una fortuna inesperada te acostumbrarás rápidamente a tu potencia y desearás aumentarla.

Un pensamiento más elevado se revela a tu espíritu, y te guía la presencia sentida del alma directora de los Universos, el pensamiento sublime de Dios’’.