1 de junio de 1987

EL CAMINO DEL INICIADO (2)

Dos son los caminos que conducen a la evolución del ser: comprender y sentir. El equilibrio de ambos da el acceso a la verdad.

No se pueden esperar las alegrías prometidas, sin antes buscar el camino, de ahí, pues, la importancia en ir anotando lo que consideramos debemos borrar de nuestra vida, así como lo que deseamos ésta sea.

Para todo ser humano digno de este nombre, es menos penoso sufrir una operación que renunciar a una costumbre, ya que uno se resiste con bastante fuerza contra el dolor físico momentáneo, mientras que la costumbre nos tira por mil hilos distintos que llaman sin cesar nuestra atención.

Cualquiera que sea la edad en que un hombre joven se dedica al ocultismo, debe recordar que la tarea que emprende es desarrollar en él una cantidad de facultades y atributos que están completamente latentes en la especie humana ordinaria, que su existencia es insospechada y hasta la posibilidad de desarrollo se niega.

Desde el momento que uno se considera candidato a la iniciación, necesita recorrer –según creemos–, siete años de postulado antes de pasar al umbral de las pruebas preliminares. Las pruebas por las cuales el neófito debe pasar, no son ni fantásticas bromas ni horribles mojigangas, según hemos podido constatar. Los maestros en ocultismo no emplean medios artificiales para probar los nervios de sus adeptos. Es inherente a la naturaleza de la ciencia que sus revelaciones conmuevan la razón y hagan vacilar al más audaz.


LAS PRUEBAS

El interés del candidato está en que su carácter, la fijeza de su resolución y también la solidez de sus aptitudes físicas y mentales, sean observadas y vigiladas con cuidado infinito, antes de permitirle que se sumerja en las olas misteriosas sobre las cuales deberá sostenerse con la sola fuerza de su brazo, o perecer.

No tenemos conocimiento profundo de las pruebas a que nos hacemos referencia, pero nos imaginamos su dureza. ¿Seríamos capaces que por este Ideal de evolución lográramos poner las dos mejillas a la vez al ser incomprendidos por el resto humano? ¿Resistiríamos toda clase de avalanchas, callados y serenos sin contestar ni murmurar, ni tan siquiera un pensamiento de odio ni desamor hacia el que nos lo provocara? Siempre hemos vislumbrado el gran poderío que representa la castidad, la pureza, la abstención de sexo, pero todo ello inmolarlo por el Ideal del Amor a la Humanidad, ¿quiénes seremos capaces? La anulación de la propia personalidad, en todos sentidos. La pobreza de Espíritu. El olvido del bienestar y de las riquezas. Amigos, es muy fuerte, ¿quién lo logrará?

Este régimen –comenta Durville– no conduce a fantástica disciplina, molesto ascetismo, ni retiro del mundo. Un gentleman, viviendo en medio de la sociedad de Londres, podría encontrarse en pleno ejercicio de entrenamiento para preparar su candidatura al Ocultismo, sin que nadie a su alrededor se diera cuenta. No hay necesidad de expatriarse, realizando actos raros, abandonando a la familia y las ocupaciones para hacer vida de Iniciado. Tenemos a nuestro alrededor todo lo necesario para cumplir nuestra evolución. Las poderosas armonías de la vida universal nos bañan, aquí y allá, como un río, cuyas aguas bienhechoras nos reavivan dándonos una fuerza desconocida.

A nosotros corresponde sumergirnos y captar las energías que nos modifican tan profundamente y que desarrollan en nosotros las posibilidades que nos hacen adeptos, sin someternos a rudas pruebas. Las fuerzas amigas que nos rodean y no piden más que ofrecerse al que los llama para cumplir una buena acción.

Estas fuerzas amigas a las que nos referíamos en el párrafo anterior, sabemos existen, conocemos diríamos incluso su forma de ser: Son unas fuerzas maravillosas que a nuestra llamada pueden acudir en nuestra ayuda, bien sea para desarrollar un escrito, para iluminar nuestra conciencia, para preparar unas tesinas o exámenes, para purificar nuestros pensamientos, para ayuda en el camino de purificación-renacimiento que nos hemos propuesto, para formas de encauzar la vida si en algún instante comprendemos no es la que preferiríamos fuese. No dudemos, llamémoslas. Nosotros las llamamos y sabemos quién también así hace, y no sólo uno, sino más de tres.
 

CÓMO NOS PUEDEN AYUDAR Y PROTEGER ESTAS MARAVILLOSAS FUERZAS

Estas fuerzas, que algún autor cita como seres, y que quizá la Iglesia Católica denomina Ángel de la Guarda, para el caso es lo mismo, pues no vamos a entrar en polémicas, sino en el resultado de unas convincentes ayudas que precisamos y necesitamos siempre, estas fuerzas las podemos llamar o acudir en su ayuda en cualquier instante; imaginémonos qué en un momento de nuestra vida no sabemos discernir en algún asunto grave y después de llamarlas, les comunicamos nuestra desazón, no tan sólo por lo que nos ocurre, sino además porque no sabemos cómo resolverlo. Este es el momento de llamarlas, con toda la Humildad y sinceridad de la que seamos capaces. Ante el obstáculo de matrimonio desavenido, de no correspondencia, o de problemas generacionales de hijos a padres, o de padres a hijos, o de enfermedad, o, cómo no, económicos, que también existen, entonces podemos mejor que nunca LLAMAR a estas fuerzas, estas fuerzas que están allá y acá, en nosotros mayormente, y fuera de nosotros, pero que vienen de inmediato a nuestra llamada.

Si esta llamada está saturada de PUREZA, de HUMILDAD, de ALTRUISMO, sin duda será contestada con mayor prioridad; siempre acudiremos ante el grito de un íntimo amigo o de algún familiar ¿no?

Que no seamos nosotros quiénes encontramos la solución. Serán las Fuerzas, será… quien profundizará en nuestro ser pensante y nos va a aliviar en el caos. ¡Ánimos, amigos, no estamos solos! Abramos los ojos a la verdad y no seamos ciegos en un punto tan esencial. Ten fe y no dudes.

Dos caminos conducen al umbral del Templo: la Reflexión y el Dolor. Como es natural antes de empeñarte en estos estudios habrás reflexionado. Y habrás llorado en muchas circunstancias de tu vida. Puede ser que esto sea suficiente. En efecto, el que reflexionó está dispuesto a subir la cuesta iniciática. Quiso comprender lo que es el hombre dentro del mundo. Sintió la necesidad de sustraer la vida a las finalidades mezquinas y egoístas que no merecerían la pena que la vida nos da. Busca una verdad que no conoce y cuya fórmula se le escapa; la presiente y no sabría definirla. Esta verdad llega a ser el objeto real de sus esfuerzos y por esto busca la Iniciación que no le será negada. No tiene la llave de los enigmas que siente a su alrededor y cuya solución le inquieta. Siente sombras que le velan el camino que busca. Busca y encontrarás. Esto no es una palabra vana. El que busca con fe y desinteresadamente acaba siempre por encontrar.

También el Dolor es uno de los caminos reales que conducen a la Evolución. Da a nuestros sentidos, lo mismo que a nuestro espíritu, una agudeza sin precedentes. El dolor nos hace conocer percepciones particulares y, gracias a ellas y al fin de nuestros pensamientos y sentidos, adquirimos la posibilidad de sentir lo que escapa a los sentidos groseros.

Por el dolor somos capaces de entrar en armonía con las potencias invisibles. Especialmente cuando se acepta sin protesta y como medio de perfección, nos pone sobre un camino que, a los primeros pasos, parece oscuro, pero lentamente se convierte en luminoso y suave, ya que nos acerca a la finalidad de nuestros esfuerzos.

¡Feliz el que ha sufrido! Se le revelarán mundos desconocidos para el profano. Se le manifestará la eterna verdad por poco que lo desee y el verdadero sentimiento del que sufre, ¿no es el de tender las manos y el corazón hacia el Más Allá? El que sufrió y comprendió la utilidad del sufrimiento está sobre el sagrado camino de la Iniciación.

El espíritu que reflexionó y vio la inanidad de la vida cuando un elevado ideal no se sirve de finalidad; el corazón que lloró y extrajo en el dolor, en la descripción y en la prueba, la fuerza de renunciar a los espejismos engañadores que son ambiciones egoístas; el ser que busca su camino con un corazón sincero está en vísperas de ser iniciado; las pruebas le son completamente inútiles.

Es inútil que un juez pregunte cuáles son tus aptitudes. Sé para ti mismo, juez severo. A cada uno corresponde reconocer la calidad de su esfuerzo y el valor de su resolución. Un examen de conciencia es suficiente y todos pueden hacerlo. Estúdiate. Mira las cualidades que posee tu espíritu y tu corazón.

Seamos sinceros en esta investigación. Hagamos este examen lejos de las miradas humanas y en el mayor silencio. ¿El primer consejo iniciático no es el de Conócete a ti mismo? Cuando nos hayamos juzgado sin prevención y debilidad, sentiremos perfectamente si nos encontramos en el buen camino y si tenemos la seguridad de llegar al objeto de los esfuerzos con la perseverancia necesaria.

Para entrar en el corazón y levantar prudentemente el velo del misterio que esconde el valor de cada uno, es necesario el mayor silencio. Escuchemos las voces que nos rodean. Elevemos nuestro corazón cuando se embarga en deliciosas sinfonías armónicas. Eliminemos la inutilidad de los esfuerzos ruidosos que se borran y desaparecen, cuando no están en armonía con la voluntad que guía las fuerzas.