1 de mayo de 1986

PENSAR

Tenemos que tener la habilidad de pensar bien, pues nuestros hábitos tienen el poder de acelerar o de retardar nuestro éxito. Así nos lo dice Yogananda y es totalmente cierto, pues lo hemos comprobado en nuestra propia carne, como suele decirse.

De ello se deduce que los hábitos del pensamiento controlan nuestra vida y que somos en realidad lo que son nuestros pensamientos; esta última afirmación es de Hamblin.

Los hábitos mentales cotidianos van modelando nuestras vidas, poco a poco, día a día, funcionando como imanes y atrayendo hacia nosotros determinados objetos, personas o condiciones.

Solamente cada ser será responsable de sus propias acciones como resultado de sus propios pensamientos. No deben influirnos los pensamientos negativos que puedan existir en los demás. No nos interesan. Últimamente digo a menudo que soy egotista, cierto, egotista significa que soy un egoísta que no interesa dejarse convencer con la negatividad ajena y me refiero a pensamientos, palabras y conversaciones banales. No me interesa, no conviene a mi carácter y a mis formas de hacer.

Los buenos hábitos del pensamiento capacitan para atraer diversos beneficios y oportunidades, mientras que los malos hábitos del pensamiento atraen hacia personas y ambientes desfavorables.

Quien desee aspirar a acabar con un mal hábito, deberá debilitarlo primero evitando toda circunstancia tendente a provocarlo, pero evitando concentrar el pensamiento en él y en el celo que se está empleando por evitarlo. Dirigid después vuestra mente hacia algún hábito que consideréis constructivo y cultivarlo lo más profundamente que sepáis hasta que se convierta definitivamente en parte de vuestro ser.

A través de duras lecciones algún día llegaremos a ver claramente que los malos hábitos alimentan el árbol de los insaciables deseos materiales, mientras que los buenos hábitos alimentan el árbol de las aspiraciones espirituales.

Sólo cuando desechamos de nosotros los malos hábitos somos verdaderamente libres y el alma jamás conocerá la libertad mientras no lleguemos a ser los verdaderos amos de nosotros mismos. Sí, es muy difícil el lograrlo, pero como decíamos en otro Editorial, es cuestión de ir cayendo e irse levantando, sin perder la moral, y así ir ascendiendo la empinada escalera de la vida, pues ello es, sin duda alguna, una de las misiones capitales del ser humano, y en verdad que la recompensa se hace pronto sentir dentro de nosotros, consiguiendo una gran armonía interna, que además de dar paz, robustece el ánimo al máximo vitalizando las fibras del espíritu, logrando así la alegría dentro y fuera de nosotros para hacer más llevadero el camino.

Pensar en positivo prescindiendo de la Voluntad Divina es un absurdo. Querer ser mejores prescindiendo de las manifestaciones del Absoluto es imposible. Ahora bien, ¿qué mejor hacer y cómo? Sugerimos pues, que quizás lo idóneo fuera poner nuestro pensamiento en positivo pero solicitando y presentando nuestros proyectos a la Voluntad Divina. Esto es como orar. Creemos es la mejor fórmula, dando paso a que esta sincronización con lo Divino nos evitará el orgullo de pensar que hemos sido nosotros solos lo que la hallamos alcanzado.

La Voluntad Divina no conoce fronteras; opera a través de leyes tan conocidas como desconocidas, tanto naturales como aparentemente sobrenaturales.

Ella puede modificar el curso de un destino, resucitar a los muertos, arrojar montañas al mar y crear nuevos sistemas solares. El hombre, creado a imagen de dios, posee también en su interior esa misma omnipotente fuerza de voluntad. La suprema responsabilidad del hombre consiste en descubrir cómo mantenerse en armonía con la Voluntad Divina.