1 de marzo de 1986

EL DOLOR

Este Editorial ha sido extraído de un texto de A.L.F. de la revista Amor, Paz y Caridad, que publica la Asociación Parapsicológica Villenense, de Villena, Alicante.

Cuantas veces experimentamos el lacerante impulso del dolor en nuestras vidas; cuántas veces nos revelamos ante el mismo, pidiendo explicaciones claras y oportunas que nos justifiquen su presencia

El sufrimiento puede ser la causa de grandes cambios en la vida de muchas personas, y las reacciones ante el mismo son diversas y muy diferentes en cada ser humano: en unos predispone a una actitud resignada, en otros de búsqueda e inquietud para localizar el porqué de un dolor que consideran injusto, y en los más el sufrimiento produce un estado de rebeldía ante la vida que aleja a estas personas de la comprensión real y profunda del sentido que tiene el sufrimiento humano.

Las situaciones dolorosas pueden ser de varias clases; pero fundamentalmente se hace necesario distinguir entre dolor físico y dolor moral.

Al margen de intentar explicar las causas, los orígenes que permiten que el dolor esté presente a menudo en la vida de los humanos de la Tierra, es preciso mencionar aspectos como la diferencia anteriormente mencionada; no debemos confundirnos en este sentido. El primero consiste en el sufrimiento que experimenta nuestro cuerpo material ante cualquier reacción contraria a su naturaleza. El segundo es mucho más importante y trascendental, puesto que el dolor moral es el sufrimiento interno, aquél que acongoja íntimamente a la persona por diversas situaciones que la vida puede presentar y que no son comprendidas en la mayoría de los casos.

Actualmente ya se está descubriendo, por parte de psicólogos y psiquiatras, el hecho de que muchas enfermedades físicas tienen su origen en una causa psíquica o bien en la mente del ser humano: depresiones, neurosis, estados desequilibrantes del psiquismo humano, etc. Ante este hecho se llega a la conclusión de que muchas enfermedades que padece el hombre de hoy derivan de su interior, son motivadas por agentes internos propios de la persona y no por agentes externos a ella, es decir, vienen de adentro hacia fuera, y su origen se halla en el desequilibrio del ser humano.

Algunas causas de este sufrimiento se hallan en la mente del ser humano, y otras se hallan en nuestra alma, en nuestra parte espiritual. Si a todo esto añadimos la causa primera del dolor que es el reajuste espiritual del ser ante la ley de causa y efecto por errores cometidos en el pasado, nos encontramos con la explicación más adecuada al proceso sufriente del hombre.

Ahora bien, si hemos comprendido que el origen del sufrimiento se halla en nuestro interior por actos delictuosos del pasado, no es menos cierto que el hecho de que estemos padeciéndolo, debe predisponernos a una actitud distinta del que no conoce el origen de donde procede.

Si sabemos que se trata de un reajuste kármico que nos va a posibilitar el estar en paz con la ley y con los hombres, hemos de sacar de nuestro interior la fortaleza espiritual que nos facilita aceptarlo con la resignación suficiente, a fin de que dicha experiencia haga incentivar en nosotros la paciencia, la comprensión y la fe en la justicia divina.

No olvidemos nunca que nada ocurre al azar, sino que todo tiene su porqué, y en muchos de los casos nosotros mismos hemos pedido la prueba de fuego del sufrimiento en una existencia como medio de progreso y evolución más rápido para nuestro espíritu endeudado.

Si comprendemos su porqué y su para qué, no solo estaremos beneficiándonos grandemente sino que ofreceremos un ejemplo a nuestros semejantes de cómo se lleva hacia delante una experiencia tan difícil como es el sufrimiento y el dolor.

Tampoco hemos de olvidar el hecho de que la providencia, en su infinita justicia y sabiduría manifestada a través de sus leyes de evolución y progreso, no cargará a nadie con una situación tan pesada que no pueda sobrellevar. Todos, por muy difícil que veamos la adversidad que la vida nos presenta, tenemos la fuerza suficiente para seguir adelante si nos lo proponemos con firmeza y decisión.

De la incomprensión de estas ideas puede surgir la rebeldía, no dejemos nunca que este aspecto penetre en nuestras vidas. Fomentemos la tolerancia y la fe en la justicia divina con la total convicción y plena confianza depositada en sus leyes sabias y justas. Es preciso también adquirir la mansedumbre suficiente y la humildad precisa que nos lleve a considerarnos por debajo del Creador, por debajo de sus designios y con la total confianza en su amor de Padre Universal.