1 de septiembre de 1984

EL OCIO Y LA FELICIDAD

El día en que nos falten el carbón, el uranio y el petróleo, ¡qué desastre para nuestra civilización! Pues ello significará que la sociedad de consumo habrá finalizado.

En la actualidad ya se está hablando de estructurar la llamada sociedad del ocio, y nosotros nos preguntamos: ¿el hombre de hoy está preparado para llenar el ocio de sus futuros días? Con sinceridad, creemos que no lo está. En primer lugar porque la gente se ha acostumbrado a poseer cosas y más cosas y se siente frustrada si le dicen que van a cortar ese suministro.

Sin embargo, las personas capaces de razonar al margen de toda pasión, saben que una crisis mundial se está desarrollando y que nadie puede escapar a ella. Todos los países la sufren y van a sufrirla, tal vez, en mayor o menor medida en el próximo futuro.

En segundo lugar analicemos cómo se cubre hoy el ocio. Vemos, lamentablemente, que una inmensa mayoría de personas jubiladas, las de la tercera edad, como solemos llamarlas, no saben ocupar su tiempo, se aburren, no tienen alicientes, no tienen fuerzas, en resumen, no han sido enseñadas a tiempo y de forma progresiva para deleitarse con esto que llamamos ocio y que significa hacer cosas sin cansarse, construir sin agobios, contemplar sin penas, cual podría ser, por ejemplo, desde jugar a la petanca a regar las flores, desde leer un libro a saber pasear con ilusión.

Si como dicen los pensadores la felicidad es un asunto de consciencia, hay que tomar consciencia del cambio, pues la felicidad además de residir dentro de nosotros mismos, es la verdadera y única energía capaz de llenar positivamente nuestro ocio. Lo dice el Diccionario: ‘‘Felicidad: estado de perfecta satisfacción interior’’. Ese diccionario, ni sectario, ni religioso, ni filosófico, indica bien claro con el adjetivo ‘‘interior’’, que la felicidad no proviene, ni es proporcionada, por la posesión de objetos materiales.

Parece inevitable que las condiciones materiales de la existencia humana puedan subsistir. Para emplear un término muy actual diremos que el nivel de vida descenderá. Pero si el hombre vuelve a encontrar, a redescubrir la riqueza que atesora en su interior, puede salir victorioso de la futura civilización del ocio, y no nos ocurra lo que aquel Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, que tan robotizado estaba, que los humanos fallecían de tedio.

A fin de cuentas, y nos referimos al párrafo precedente, la vida interior nos acerca a Dios, y hay que reconocer que uno de los mayores males de la materialista civilización moderna viene dado por nuestro alejamiento de Él.

Se trata, en definitiva, de llenar el ocio con un mayor cultivo de la vida interior, y que ‘‘quien quiera comprender, comprenda’’. El ocio no es malo, lo malo es el vacío. Sobre todo el vacío espiritual. No ha sido creado el hombre para vivir pegado al volante de su automóvil. Tal vez sí, en cambio, para tener sobrado tiempo y dedicarlo al cultivo de su jardín y de su mundo interior. Pensemos que cambiar de orientación no significa cambiar de lugar, sino muy probablemente, aprovechar vivamente ese lugar, ese mundo que nos ha sido dado para vivir, no para acumular cosas…, absurdas envidias o biliosas ambiciones.