1 de agosto de 1984

SEPAMOS AYUDAR A BIEN MORIR

Nos atrevemos a decir que la causa por la cual nos asusta el morir es el temor a la incógnita de lo desconocido. Nos produce una especie de reparo el abandonar a nuestros familiares, a nuestras cosas, que en mayor o menor proporción todos ‘‘adoramos’’. ¿Qué será de mi esposa? ¿qué de mis hijos y nietos? ¡Pobrecitos! ¿cómo se valdrán en la vida?

Si el advenimiento hacia la muerte es más radical, los pensamientos se van acentuando hacia un egoísmo propio natural y la persona comenzará a notar una impaciencia, un nerviosismo y desazón característicos; con sus manos estrujará los rebordes de las sábanas de su lecho e intentará sacar manos y brazos al exterior e incluso saltar de la cama.

Estos son los signos externos más característicos de que el momento está próximo. Existe también una señal inequívoca que es el olor de la muerte; los que estén a su alrededor quizá puedan conocerlo; es un olor ‘‘raro’’, no habitual, mezcla de azufre y sal, indescriptible, pero con un cierto tono de mal olor, de podredumbre.

¿A qué se atribuye la desazón del que va a morir? Creemos que en parte es debido a que en aquellos momentos y como película rápida pasa el film de su vida, lo bueno y lo malo que cometió, las ocasiones, los recuerdos vividos intensamente, los amigos, los familiares, las pasiones. Debe ser entonces cuando la propia consciencia debe estar juzgando los actos cometidos. Una consciencia exigente lo pasará seguramente peor que otra que lo fuere menos.

Aquí está el momento en que nosotros, los que estemos alrededor del lecho de algún amigo o familiar que va a fallecer, cuando podemos intervenir y jugar un papel importante, muy importante, y es el de coger, por ejemplo, la mano del enfermo, y suavemente acariciarla y llenándole de palabras con tono agradable, decirle sin complejos humanos de ninguna índole aunque la habitación esté repleta de familiares, que se va a morir, pero que esto es la cosa más natural del mundo, que no tenga miedos ni temores, que Dios es todo misericordia, que Él le quiere muchísimo, que no sufra por esto, que Dios le perdona, que se abandone totalmente en brazos del Padre y que tenga toda Su confianza.

Enseguida notaréis que el enfermo se relaja y apacigua paulatinamente, poco a poco. Aquella impaciencia y desazón van desapareciendo.

Debido a que en aquellos momentos generalmente el enfermo no puede concentrar su mente para elevar una plegaria, ayudadle, decidle, cuando acariciéis su mano, que vosotros vais a rezar por él, un Padrenuestro o lo que sea. Y hacedlo, hacedlo en voz alta, él os lo agradecerá como no podéis tan siquiera imaginar.

A veces cuando se acerca la hora, el enfermo dirá que ve a gente, a gente conocida del mundo invisible; otras, comentará que su esposa o esposo, si fuera viudo o viuda, le viene a esperar. Estos síntomas demuestran taxativamente que el hecho va a ser irreversible.

Por favor, familiares y amigos que estéis en la habitación de un difunto, retiraos de puntillas y en silencio, no habléis, no hagáis comentarios, no lloréis, idos simplemente al otro extremo del piso; dejad tranquilo al fallecido, sus oídos todavía oyen, no los estorbéis.

La persona que se haya erigido para apaciguar y ayudar a bien morir puede continuar a su lado, aún cuando las constantes vitales del enfermo hayan ya cesado. Esto va a beneficiar al difunto a traspasar los caminos.

Más tarde todo será paz; la habitación quedará como un valle de sol reluciente después de una fuerte tormenta, e incluso habrá quien podrá aspirar perfume de suaves rosas de primavera. Es la recompensa que desde lo Alto nos envían para los que hemos sabido ayudar a bien morir.