1 de julio de 1984

SALUD FÍSICA Y SALUD MENTAL

Nuestra línea editorial habrá sido quizá muy desconcertante para muchos lectores; hemos subido a los castillos y naturalmente hemos bajado también a las cabañas. Queremos decir con esto que inquietudes y evolución tanto propias como ajenas han jugado y juegan todavía un importante papel, pero siempre, siempre, hemos procurado ser fieles a nosotros mismos, a una forma de hacer, normal y sincera presentando muchos puntos de vista sobre un mismo tema en particular; no con el ánimo de confundir al lector sino ampliando en la medida de lo posible sus conocimientos, y poder así discernir con claridad las dudas que como seres humanos todos tenemos.

Hoy nos gustaría comentar aunque fuera de forma superficial el gran incremento que se produce en nuestros días por volver a una vida natural. Y no tan sólo a una vida natural propiamente dicha, sino en toda la expresión que ello conlleva, a saber: regreso a la naturaleza, abandonar las ciudades, vivir con una austeridad digna pero libre de todo lujo, permitir que unas gallinas picoteen la tierra, poder tomar unos huevos no plastificados, cultivar aquellas hortalizas y frutas de sabores y perfumes olvidados, cocer uno mismo aquellos panes que alimentaban semanalmente a toda la familia, hacer el queso y el yogurt naturales productos de la oveja, abrazar los árboles para cargarse de energía, y, en fin, un montón de cosas más que seguramente nos dejamos en el tintero, contactar en resumen con la naturaleza escuchando el cantar de la alondra y de los mil pájaros que hoy sólo nos damos cuenta que existen cuando vamos al campo.

Sí, hay una gran tendencia a todo ello, a lo natural, lo verídico, lo sencillo, lo verdadero, lo no sofisticado.

La vida misma nos conduce de la mano a todo lo expuesto, quizá muchas veces obligados por las circunstancias como son actualmente: la crisis económica, el paro social, la falta de moral, los desórdenes, las guerras, la polución, la salud perdida, en fin, las conflictividades…

Lo dicho, sin embargo, no nos bastaría hoy por hoy para ser enteramente felices, o por lo menos, lo felices a que todo ser mortal aspira. ¿Por qué? Pues porque hemos ya comido, o al menos mordisqueado la manzana de esto que llamamos progreso o sociedad de consumo. No niego que existan comunas y comunidades tan puritanas, y perdonadnos esta expresión, que tienen incluso prohibido el televisor, y no es que el televisor en sí sea malo, nada es malo en sí mismo, pero ciertamente hoy hay que tener muchas ganas de ponerlo en funcionamiento, pues parece ser que lo único que exista en el mundo sea una cama con dos seres en movimiento encima de ella…

Somos viejos, carcas, ancianos, papis, carrozas, pero carrozas reales, y a mucha honra. Carrozas reales porque consideramos y valoramos este núcleo familiar sin dictaduras, porque creemos aún en la educación y las buenas costumbres, porque creemos en una Vida Trascendente después de ésta, porque valoramos la ética y la moral, aquéllas de que hacía gala Platón, y que ahora, con su permiso, nos las hacemos nuestras.

Bueno, perdonadnos que nos hallamos apartado por un momento del tema principal: Volver a la Naturaleza, o sea, salud física, salud para nuestro cuerpo físico, pero tampoco basta con ello solo, sino que tenemos que añadirle el control de nuestra forma de pensar, el control del pensamiento. Entonces sí que a nuestro entender la fórmula queda completa: Vida Natural, Vida Sana + Control de pensamiento = Felicidad.

Aunque a simple vista parezcan dos sumandos contradictorios, no lo son, ambos se complementan a la perfección. Así tenemos por un lado el cuerpo físico perfectamente mantenido y por el otro el cuerpo mental controlado. ¿De qué nos serviría sino un cuerpo muy sano en una mente no sana?

Sabemos por propia experiencia que el controlar el pensamiento no es nada sencillo, pues éste es muy astuto, e infinidad de veces gusta de vagabundear fantasiosamente o de regodearse en alguna estúpida lujuria sin final, o en inventarse venganzas de don Mendo irritando por así decirlo a las neuronas, sin que ellas pobrecitas puedan ya exclamarse, aunque a veces sí lo hacen, se enloquecen y producen un determinado tipo de cáncer.

Controlar el pensamiento es ser justo con uno mismo y no ir más allá de lo que la propia conciencia en estado normal y ponderado nos dicta y señala. Controlar el pensamiento es coger, agarrar la brida del caballo para que no se desboque y mantener las riendas con mano fuerte y dúctil al mismo tiempo, para evitar se hunda en el precipicio sino es sujetado y controlado a tiempo.