1 de junio de 1984

CUANDO BRILLAN LAS ESTRELLAS

Este Editorial es un extracto del artículo aparecido en Selecciones del Riders Digest: Extasiado de Gozo, y del cual es autor Ardis Whitman.

Fue a finales de julio, en un día gris y deprimente cuando mi esposa y no nos dirigíamos en coche a pasar unos días de vacaciones. Ambos nos sentíamos muy cansados y precisábamos encontrar algún lugar para poder hacerlo. Al doblar una curva de aquel solitario tramo de carretera flanqueada de frondosos árboles, rompió a llover.

Los árboles se esfumaron bajo el diluvio y torrentes de agua nos envolvieron. Guiamos el coche hacia un lado del camino y nos detuvimos. En aquel momento, como si alguien hubiese cerrado algún grifo celestial, cesó la lluvia.

Un fulgor diáfano, como una cascada de polvo de oro se derramaba de las nubes y doraba las copas de los árboles; los rayos del sol, al reflejarse sobre la humedecida hierba, daban a ésta un aspecto cristalino. Entonces un arco iris tendió su puente sobre el cielo. Daba la sensación de que aquel semicírculo de vivos colores había salido especialmente para nosotros. Enmudecimos llenos de gozo y admiración.

La mayoría de nosotros hemos experimentado momentos parecidos, durante los cuales nos parece comprender mejor al mundo e incluso a nosotros mismos, y saboreamos el encanto de todas las cosas vivas. Pero estos momentos se desvanecen enseguida y nos sentimos como avergonzados de confesar su existencia.

Casi todas las cosas pueden servir para dar impulso a ese sentimiento de júbilo: el resplandor de las estrellas sobre la nieve recién caída; la inesperada aparición de un campo de narcisos; ese instante de la vida conyugal en que las manos se buscan al comprender que existe una identidad de pensamiento y de sentimiento. La alegría puede aguardar, también, al final de un peligro, cuando se ha tenido el valor de afrontarlo y vencerlo.

La alegría es mucho más importante que la felicidad: es la dicha del espíritu, el alborozo del alma, un estado de perfecta beatitud. Encierra algo de misterioso y de respetuoso temor y produce, a la vez, un sentimiento de humildad y gratitud. ‘‘¿Mundo, no puedo abrazarte tan fuerte como quisiera!’’, exclamó la poetisa Edna St. Vincent Millay en uno de esos instantes.

Lo más importante de estas vivencias, dice el profesor Maslow, es la sensación que producen de haber descubierto ‘‘la esencia de las cosas’’, ‘‘el secreto de la vida’’, como si el velo que usualmente las cubre hubiera sido corrido.

También a través de esos instantes se descubre la unidad de todas las cosas; vemos el íntimo parentesco que hermana unos seres con otros y a todos con la vida que les rodea. De repente sabemos lo que somos y cuál es el objeto de nuestra existencia. Toda duda, vacilación, inhibición y flaqueza desaparecen. Hemos llegado al fondo de nuestro verdadero ser y nos hemos encontrado a nosotros mismos.

Lo triste es que la mayoría de nosotros sólo la experimentamos raramente. A medida que avanzamos en edad, los apremios de la existencia van ya sofocando nuestra vida. La alegría no vendrá a buscarnos mientras estemos dando vueltas y más vueltas en torno al torturante círculo de nuestro propio trajín, de nuestra propia importancia.

¿Cómo podemos devolverle a nuestra existencia esa actitud abierta hacia todo el Universo, actitud que es el preludio de la alegría? A veces lo único que necesitamos es la oportunidad de percibir de una manera nueva alguna antigua impresión: escuchar a los pájaros o contemplar el brillo de las estrellas. Esos instantes de alegría son como una revelación de que ésa es la verdadera existencia.

Nuestros momentos de gozo son prueba evidente de que en el corazón de la oscuridad brilla una estrella, miles de estrellas, con luz inextinguible.