1 de febrero de 1984

NO TENGO TIEMPO

Este Editorial es una inspiración de Antonio Gerónimo, que corregida y aumentada transcribimos a continuación para los lectores.

En días de fiesta y alegría observo a las personas en su ir y venir cotidiano, con el ajetreo de sus compras, de sus regalos, de sus gestiones y de todo un conglomerado de actividades festivas.

Ello me obliga a pensar que hay un tiempo en el cual todos parecemos olvidar nuestros dolores y molestias físicas, pasado el cual volvemos a recordarlas, como si saliésemos de un letargo lleno de efervescencia y actividad y así sumirnos de nuevo en nuestro círculo, donde sólo parecemos dar cabida a nuestros lamentos, a nuestros ruegos de salud, y nuestras peticiones al Altísimo parecen cobrar su vida de siempre.

En este rebelarnos hasta me es difícil contener las lágrimas. ¿Por qué siempre pedimos fuera lo que llevamos en nosotros mismos? ¿Es que no nos damos cuenta de que somos culpables en la mayoría de casos de nuestros propios males?

Llevo un largo tiempo preguntando entre personas aquejadas de diversas dolencias cómo se encuentran, y todas ellas me responden que mal. Sin embargo cuando pregunto si hacen tal o cual ejercicio, terapia o tratamiento designado por sus correspondientes doctores, la respuesta parece un cliché para todas ellas: ‘‘Es que no tengo tiempo’’. ‘‘Estoy sumamente ocupado para seguirlo’’. ‘‘No puedo seguir un tratamiento con regularidad por falta de tiempo’’.

Y al caminar por la calle, esas mismas personas faltas de tiempo, lo pierden en conversaciones banales de actos terroristas, accidentes, enfermedades, etc.

Cuando estas personas llegan a sus hogares riegan sus plantas, cuidan y miman a sus animalitos, e incluso hablando con estas plantas y animalitos procuran que todo esté en orden dado que es una ley de ética; van de compras, entran en varias tiendas para escoger un artículo que les guste, compran un coche, una casa…, cualquier cosa, y vigilan de todo ello cuidando hasta los más pequeños detalles. Sin embargo para ellos carecen de ese tiempo que dedican sin esfuerzo a su entorno, a todo aquello que separa su propia existencia de una vida completa física y psíquicamente. Una vida donde si pedimos sosiego, salud y calma, lo obtendremos, con sólo nuestra concentración por lograrlo.

Nuestro cuerpo es la base imprescindible de todas las demás cosas, es la piedra de soporte sobre la que podremos edificarlo todo, sobre donde podremos fundir la perfección suprema de la naturaleza, la perfección divina que Dios selló en nuestro barro… ¡para eso no hay tiempo! ¿No olvidamos los cimientos y hundimos nuestro templo, ‘‘nuestro cuerpo’’?

Alguien podrá recordarnos aquella famosa frase de que el tiempo y el espacio no existen, y aunque realmente es así, la relatividad de ello nos impide cualquier manifestación filosófica. En el diario vivir medimos y nos administramos el tiempo, unos mejor, otros peor, aunque quizá muchas veces, olvidamos la gran responsabilidad del empleo de este tiempo, tiempo kármico del cual tendremos inexcusablemente que responder ante el Gran Arquitecto.

Quisiera que fuésemos capaces de reconocer que nos falta más voluntad que tiempo, más concentración que comodidad, cuando un pensamiento, un minuto de concentración obraría en nosotros ese milagro que pedimos a manos juntas día tras día.

Que Él en su inmenso conocimiento de nosotros perdone nuestra falta de tiempo.