1 de agosto de 1983

LA AYUDA A LOS DEMÁS

Algunas personas ya saben que la única felicidad que podemos tener en este mundo solamente puede adquirirse bebiendo en las aguas puras y cristalinas de la dedicación a la ayuda de los demás. Sí, en más de una ocasión ha sido comentado, pero no por ello suficientemente aclarado y comprendido.

La indelicadeza humana, la falta de sensibilidad, los azotes del mundanal bullicio y la plaga egoísta del momento actual, aprieta la venda en los ojos, pareciendo impedir practicar esto: la ayuda a los demás.

Quizás muchos se pregunten cómo hemos de ayudar a los demás; nuestra respuesta es ésta:

En primer lugar, hemos de ayudar a los demás, amándolos, no en su modo de ser o de hacer, sino amándolos como espíritus encarnados, como realidad divina que está en la Tierra, como vida que se está desplegando y quiere llegar a desarrollarse y llegar a su madurez. No amar simplemente un modo de conducta, un modo de pensamiento, que podemos llamar virtuoso, educado o correcto.

Cuando amamos lo viviente, y, no las fuerzas externas, cuando amamos el núcleo dinámico de la persona no encerramos a esta persona en ningún molde, ni queremos cambiarla, simplemente, al amar eso que es viviente en ella hay una aceptación gratuita de la persona, sea como sea, ya que lo que amamos no es su modo de ser, sino ‘‘el ser’’ de esa persona.

Aquella persona, al amarla de este modo, conectamos con ella, se siente atraída e incondicionalmente aceptada como persona, siente que no se la está juzgando constantemente, sino que existe una aceptación total, incondicional, que no depende en absoluto de lo que puede hacer o decir, pues lo que se ama es el hecho de que aquella persona sea más ella misma, que despliegue sus capacidades, que llegue a su plenitud.

Esta será la ayuda, sin ponerle condiciones, requisitos externos, o darle fórmulas.

Amar a una persona, es amar su libertad, su derecho a hacerse a sí misma, a vivir toda su capacidad de experiencia, de ser.

Y, ayudaremos a la persona, simplemente, a que siga adelante, con su inteligencia, con sus medios, con su modo de hacer, aunque este modo de hacer, por su poca experiencia, pueda ser en ciertos momentos equivocado, pero que debemos a todas luces respetar, pues, si a nosotros nos hubieran ahorrado los errores que hemos cometido, ¿hubiéramos aprendido lo que sabemos hoy…?

Solamente podemos aprender a tener discernimiento, enfrentándonos con la verdad y con el error; sólo podemos desarrollar la fuerza, enfrentándonos con lo fácil y con lo difícil.

Lo que en algún momento dado aparece como dificultades, son dificultades dentro de una visión egocéntrica, que está soñando en vivir una realidad falseada, pero cuando se ve como un proceso de desarrollo, de expansión, de conciencia, entonces los errores, las dificultades, no tienen en absoluto ningún dramatismo, son fases completamente positivas dentro del crecimiento humano.

No tengamos miedo de los errores, ayudemos a que la persona trate de vivir, lo mejor que pueda, sus propios recursos, animándola, que se sienta comprendida, estimulada, por esta comunión.

Cuando se trabaja de esta manera clara, abierta, limpia, y sacando todos los condicionamientos negativos, aparece el vivir espiritual, desencadenando una liberación constante dentro de sí mismo, que con el tiempo se expande alcanzando también a los demás.

Esta es la mejor ayuda que podemos ofrecer a nuestro prójimo, y así haciéndolo ¡con todo el corazón! Lo demás se nos dará por añadidura.