1 de abril de 1983

LA CARA OCULTA DEL DINERO

Hay una ciencia, una historia y una ética del dinero. El dinero debería ser más un nexo de unión que de división entre los pueblos. Es fundamental saber para qué sirve en última instancia; porque por sí solo no lo es todo.

Varios siglos antes de Jesucristo los fenicios pusieron en circulación las primeras monedas que en Hispania, nuestra actual España, tuvieron su correspondiente réplica en las venerables monedas íberas y tartesias; y, posteriormente, en las grandes y pesadas monedas romanas.

Se dice también que al otro lado del mar Tenebroso, el actual océano Atlántico, las culturas precolombinas se servían de curiosas monedas: ostras marcadas con signos a los que concedían distintos valores.

Eran los tiempos primitivos de transición entre el simple trueque de mercancías y el advenimiento de este medio más cómodo y racional que es el dinero.

De igual modo las necesidades del creciente comercio entre las naciones sentarían las bases de una rudimentaria economía que, mediante el tiempo, habría de conducir a la aparición de los primeros sistemas económicos hoy representados por la organización financiera cuyas células vivas son el mundo bursátil.

Sin entrar en prolijos detalles históricos, cabría resumir este proceso, muy a grandes rasgos, a partir del hundimiento de la sociedad feudal que daría paso a las primeras formas de la actual economía de occidente, el capitalismo, hasta la reforma de Carlos Marx que, unos 100 años atrás, introdujo en el mundo de las finanzas la variante socialista.


ÉTICA Y DINERO

Actualmente nos hallamos inmersos en una grave crisis de alcance planetario de la que más tarde o más temprano deberemos salir. Pero entretanto, presionados por la presente situación, pensamos que es hora de reflexionar sobre el verdadero valor del dinero: examinándolo desde otro punto de vista demasiado olvidado como es su aspecto ético. Es decir, el dinero contemplado como medio y no como fin último de las aspiraciones humanas.

O sea: la cara oculta del dinero.

Contemplado como medio que, en realidad no es otra la importante función del dinero, es evidente que, en sí mismo, es neutro y estático. Es decir, no es bueno ni malo. Lo verdaderamente importante es el uso que de él hace el hombre, su creador. De ahí que sea posible hablar de toda una filosofía o ética del dinero, aplicable tanto al hombre como ser individual como a las entidades financieras en general.

En primer lugar salta a la vista que el dinero, aunque necesario por no decir indispensable, no lo es todo. Pero puede influir a veces decisivamente, para bien o para mal, en las personas y colectividades humanas; generando en el primer caso temores y conservadurismos exagerados y, en el segundo, guerras y hecatombes.

Ciertamente es la humana condición el verdadero germen de toda posible conflictividad; mas no el dinero en sí mismo, que continúa siendo neutro y estático. En cualquier caso el dinamismo, que hace del dinero un motor de conflictividades, radica en la complicada psicología del hombre.

Cuando fomenta el orgullo personal y la ambición de poder como meta, cuando es empleado para aplastar sin escrúpulos a los demás en sus más variadas vertientes o cuando es utilizado para la compra de carne humana, es evidente que no hace ningún bien al prójimo ni a la humanidad en general.

Pensemos sin embargo que la humana codicia no es privativa del dinero; sino que, ya en los albores de la prehistoria, este pecado capital del hombre se manifestó igualmente a través de luchas y odios personales y de guerras tribales por un botín de caza o un afán de dominio. Lo que sucede es que, al compás de su propia evolución, el ser humano ha convertido el dinero en un arma cada vez más poderosa en manos de los centros de poder, tanto privados como estatales.

De ahí que resulte interesante considerar el lado bueno, ético, benéfico y humano, diríamos humanista, del dinero cuando, favorecido por las mismas leyes estatales, el capital se destina a realizaciones tales como su inversión para fomentar la enseñanza, la cultura y la investigación; posible curación del cáncer, por ejemplo, o más aún en fundaciones de tipo benéfico o social.

Tenemos un claro ejemplo de ello en una firma tan poderosa como Rockefeller, para citar una de las mayores multinacionales que, al propio tiempo que a través de la Itt, es capaz de presionar políticamente dentro y fuera de los EUA, por otra parte promociona instituciones de carácter social y fundaciones en donde la investigación y el desarrollo caminan unidos.

Aquí mismo, en España, conocidas entidades de ahorro también contribuyen, aunque lo es en mucha menor escala, a fomentar la cultura y las obras sociales en un prometedor inicio de tales actividades que, por supuesto, sería de desear pasaron cuanto antes de esta primera fase mínima a otra de mayor amplitud y eficacia.

Pero todo se andará con la ayuda del tiempo. Lo importante, en todo caso, es que en occidente y aun en plena crisis de la economía mundial ya es posible hablar de un principio, de una tímida puesta a punto de esa ética.


UN MEDIO Y NO UN FIN

Quizá una pequeña anécdota nos ayude a entrar en el tema. Un joven matrimonio español viajó recientemente a Dinamarca por invitación de unos amigos suyos residentes en Copenhague. La joven pareja quiso obsequiar a sus amables anfitriones con una botella de marca de un buen coñac español, y sus amigos daneses, antes de aceptar el obsequio, les preguntaron si habían declarado dicha botella en la aduana; quedándose muy sorprendidos al recibir como respuesta que no lo habían creído necesario. Entonces no aceptaron el obsequio. Y tan amigos, por supuesto.

Pero hay aquí una moraleja: toda buena economía debe respetar escrupulosamente las leyes, incluidas naturalmente las del fisco en toda su amplitud.

¿Qué tiene que ver esto con la ética? Digamos, de entrada, que forma parte de una premisa elemental: el respeto a la legislación fiscal forma parte de los deberes y derechos del ciudadano y, en el caso que nos ocupa, su buena estima se funda, como diría Platón, en una conducta cívica que transfiera al dinero buena parte de la carta ética que conlleva.

Ello es así porque al dinero hay que entenderlo como un medio y no como una meta. Significa que hay que saberlo manejar pues es necesario respetarlo justamente en lo que vale; pero no más. O sea que es preciso evitar que el afán de lucro desmesurado, el orgullo social, el clásico aparentar y la ambición de poder nos avasallen.

Otra cosa sería pensar en la ayuda que puede aportar a nuestra realización personal. Una fortuna bien manejada puede ser de suma utilidad si es empleada como fin comunitario. Es en ese sentido que entendemos el dinero: como sólida base para la realización interior, gran objetivo de la vida humana.

Una fortuna en buenas manos puede dar como resultado final los óptimos frutos de una vida gozosamente dedicada a ese vivir en plenitud que consiste en la libertad de acción, en el bien hacer a los demás, en la entrega a los hobbies preferidos, en el altruismo, el perfeccionamiento de uno mismo sin trabas que pudieran impedirlo, dedicación al estudio en pro de la humanidad.

La otra cara del dinero adquiere, por tanto, una dimensión más espiritual que material; haciendo brillar con toda intensidad esta luz interior que, definitivamente liberada de servidumbres, no sólo puede iluminar la propia existencia del afortunado sino también la de cuantos participan de su entorno.


IDEAS Y CONSEJOS


Existen en el mercado infinidad de libros dedicados a cómo ganar dinero; desde Carnegie hasta el Piense y Hágase Rico, de Napoleón Hill. Todos ellos se basan en una superación humana exotérica; queremos decir material, desvalida por entero de una finalidad humanista.

Aquí está el craso error de estos autores. No se han percatado de la posible desgracia que puede acaecer al ser humano que obtiene dinero sin una meta digna y apropiada para ello.

La mayoría de las gentes no están preparadas para recibir dinero a manos llenas. Esto lo podemos observar viendo los resultados de muchos afortunados quinielistas de 14 aciertos que, al poco tiempo, están más pobres que antes: material, moral y espiritualmente.

A través de los años hemos observado una mayor felicidad en los no poseedores de fortuna.

Sabemos también que el dinero no es felicidad. Aunque pudiera muy bien complementarla. Y, sin embargo, andamos tras él como si de un espejismo se tratara.

Saberse conformar de buen grado con lo que se gana, no significa una falta de ambición en la vida, sino un equilibrio interno muy costoso de lograr.


CON DINERO Y SIN DINERO

Simplemente paseando por la calle reconoceremos, observando un poco, si las personas poseen dinero o no.

Por psicología puede deducirse si una persona va en camino de alcanzarlo o si, soñando, no lo alcanzará nunca.

Si hacemos un test rápido, la inmensa mayoría de individuos nos responderá que considera el dinero como base fundamental de su éxito personal.

Aquí existe error en la escala de valores: siendo este mismo error el principal impedimento para medrar.

Tener clavado en el pensamiento con mucha fijeza la idea de captar dinero puede ser contraproducente. Sin embargo, si el individuo no tiene alterada dicha escala de valores y lo considera como medio de alcance ideológico, esta persona no hallará obstáculo insalvable para obtenerlo.

Los que así piensas, sepan certeramente que de sus pensamientos han formado un espíritu que les conduce de forma recta y segura hacia la meta fijada.

Para ganar dinero habrá que decidir con anterioridad qué es lo que se quiere y cómo se desea. Y también establecer el tipo de esfuerzo a realizar a cambio.


TENER O NO TENER

Es indudable que media un abismo entre poseer dinero o no. Incluso tendrá que establecerse una semántica especial para delimitarlo. Pues lo que para una persona es poco, para otra puede ser muchísimo.

La subjetividad de la persona en cuestión, unida a la relatividad del hecho, va a ser muy discutible. Hemos de partir de una base fija que bien puede ser la de unos mínimos para el diario sustento, añadiendo también otros mínimos que podemos considerar como contribución a esta sociedad de consumo hoy imperante en nuestra sociedad actual y de la que ni los más conscientes pueden desligarse del todo como desean.

Habrá familia que con 10 estará resuelta y otras que con 40 no solventarán su vida.

Es pues muy importante una sólida educación en torno al dinero, ya desde la más tierna infancia. El rol de los padres resulta básico. La madre, por ejemplo, acostumbra a decir a su hijo: hijo mío, estudia mucho, aplícate, que cuando seas mayor podrás colocarte bien y ganar dinero. ¡Como si esto fuera la meta principal!

Pero aquellas martilleantes frases quedan grabadas con clavos de oro en el subconsciente del niño, haciéndole todavía más costosa su vida.