1 de diciembre de 1982

LA LEY DEL DIEZMO

Al finalizar una conferencia sobre ocultismo en general, y después de desglosar de alguna forma las leyes ocultas, un joven quedó bastante sorprendido al observar que dichas leyes realmente no estaban ocultas. Naturalmente,  –le respondí–, sin embargo, las llamamos o se les llaman así porque muchísimas veces no atinamos a comprenderlas totalmente, pero si somos conscientes en un amplio sentido de la palabra, sí que observaremos los resultados de su actuación.

En el transcurso de una cena-velada entre compañeros, me tocó sentarme a la diestra de una señora a la que nos une una buena amistad y relación. Me explicó que un amigo suyo pudo ver solucionados sus problemas económicos mediante el ejercicio constante de la oración, y añadió que fue como increíble milagro, ya que dichos problemas eran de índole indirecto propiamente dichos, quiere ello decir que en muy buena parte la acción del sujeto en sí era nula o casi nula, pues dependía por entero de terceras personas.

Parece ser que gracias a una gran perseverancia en la oración, de la noche a la mañana, y con el mazo dando, los grandes inconvenientes se vinieron abajo y pudo salir a flote de forma airosa, resolviéndose el asunto rápidamente.
Me permití preguntar a dicha señora qué hizo su amigo al ver resueltos aquellos inconvenientes. Se quedó un poco sorprendida y contestó no saber nada al respecto.

Al que estuviere interesado en continuar leyendo le diríamos que es un formidable y magnífico momento para dar gracias, para ofrendar al Yo Superior, de pensamiento, palabra y obra lo mejor de lo mejor de nosotros mismos. Es el instante supremo propicio para poder ahogar los desasosiegos de la vida y quizá rozar el cielo con la punta de los dedos. Es la gran descarga que sintió el hijo pródigo al volver a la casa de su padre.

Si las gracias son constantemente remitidas, tal como antes decíamos, podrían mejor complementarse mediante una ayuda de cualquier índole a quien supiera esté pasando tragos de amargura, tragos de amargura tristemente tan abundantes en los tiempos de hoy.

Si la persona en cuestión continúa ofrendando y ofrendándose, logrará sin duda alguna hacer de ello su Vida, y el panel de nubes benéficas derramará sobre ella, sobre su hogar y también sobre sus amistades más íntimas, la bienhechora lluvia de la dicha, una dicha celestial que seguramente desconocíamos porque creíamos que la dicha consistía solamente en la búsqueda de unos papeles de colores llamados billetes de banco.

La LEY DEL DIEZMO, como todas las leyes ocultas, está íntimamente conectada con otras, especialmente con la Gran Ley Divina del Amor, pues nos acerca a Él, al Amor.

También se relaciona con la Ley de Causa y Efecto y con la Ley del Renacimiento, que no queremos referirnos a reencarnación, sino simplemente a esto a renacimiento, volver a nacer, ser otros, mejores, naturalmente.

Por añadidura de añadiduras, me parece que Jesús se quedó corto al decir que recibiríamos el ciento por uno, y honradamente creo que se recibe el millón por uno. El conglomerado familiar, el de amistades, de trabajo y otros que pudieran existir quedarán tan favorablemente potenciados que cuando escribimos estas líneas parece que nuestra alma quisiera aflorar por encima del cuerpo.

Querida señora, que su amigo no desaproveche esta magnífica oportunidad, pues sin temor a equivocarnos podemos decirle que es su gran momento.

A veces el refrán popular –sabios son los refraneros del pueblo–, de ‘‘No hay mal que por bien no venga’’, se transforma sólo en susto, en un aviso, pero ‘‘alerta con el trueno que el relámpago ha pasado’’ no quita para que quien lo desee, piense, medite y aprenda la lección.