1 de junio de 1982

¿QUÉ ES EL ODIO?

Ricardo Plank es el autor de la obra ‘‘El Poder de la Fe’’. Su lectura nos ha inspirado al escribir este Editorial –que pretendemos continuar– y tratar dos puntos importantes sobre el mismo tema: EL ODIO Y LA ENFERMEDAD y CÓMO PRESERVARSE DEL ODIO. Este escrito está pensado y medido rigurosamente, y aunque en algunos momentos puede parecer un tanto incomprensible, intenta demostrar las consecuencias que del Odio se derivan. Con todo nuestro Amor las dedicamos a la Humanidad entera, y en especial a los queridos lectores de estos Editoriales.

‘‘Odiar es todo lo contrario de Amar. Amar es el día; odiar es la noche. Amar es la vida; Odiar es la muerte. En estas dos fuerzas contrarias se hallan los dos movimientos de la vida humana’’.
En todos los sentimientos humanos, vemos una vez más repetirse las dos fuerzas: la positiva, que podemos representar como el Amor, la salud, el bien, la vida; y la negativa: el Odio, la enfermedad, el mal, la muerte. Si profundizáramos en lo que acabamos de decir, seguramente hallaríamos fiel respuesta a las inquietudes filosóficas y religiosas del ser humano. El ‘‘sapiens’’ todavía no ha podido comprender los motivos de su pérdida de salud, envejecimiento y muerte, a pesar de que dispone de todos los elementos precisos a su alcance para conseguirlo; sus ojos no aciertan a palpar cómo lograrlo plenamente; sus sentidos, un tanto tergiversados le engañan, aceptando la ‘‘muerte’’ en vez del fallecimiento como cambio, mutación o evolución. En este ‘‘morir’’, el Odio juega un rol muy importante, y el conocimiento que de él tengamos puede indudablemente ayudarnos en nuestra Vida, Elevación y Evolución.

‘‘Como el hombre fluctúa entre el Odio y el Amor, según se incline a uno u otro lado, será desdichado o dichoso’’.
Estamos dispuestos igualmente a amar y a odiar, pero a causa de una ley atávica, nos inclinamos más bien al Odio que al Amor. Nos imaginamos entre otras cosas debe ser debido a que Amar representa muchas veces de un ‘‘esfuerzo’’, que el ‘‘sapiens’’, a pesar de su ‘‘razón’’, de su ‘‘pensamiento’’, de su ‘‘discernimiento’’ con que el Creador le dotó, no sabe valorar. El orgullo del hombre induce a que sienta su amor propio herido, y ello le incline más bien a Odiar que Amar. Por esto resulta que nuestra vida es una lucha constante del bien contra el mal, de la libertad contra la esclavitud, del Yo Trascendente contra el cuerpo, de la perpetuidad contra la muerte, de la voluntad contra el desfallecimiento; en fin, del Amor contra el Odio. De nuestra victoria o de nuestra derrota dependerá nuestra dicha o nuestra infelicidad.

‘‘Fijémonos por un momento lo que cusa el odio en la Tierra. Observemos primeramente en el fondo de nuestro corazón, y nos parece que el Odio no mora en él; esto ocurre porque se disimula bajo aspectos y nombres muy diversos. Y así lo llamamos justicia, derecho, o todo lo más, indiferencia o antipatía natural. ¿Pero odiar nosotros? ¡Jamás! Nosotros no odiamos a nadie, sencillamente que no amamos, he ahí todo. Esto no es el Odio; pasemos por ello; pero es el pequeño, y muchos odios pequeños equivalen a uno grande. Entre no Amar y Odiar, no hay más que un pequeño puente que se pasa con facilidad’’.
Si el gran Odio apareciese en nosotros, le diríamos: Vete, eres un mal mayor, no vale la pena odiar por tan poca cosa… Pero el pequeño odio se cuela mansamente en nuestro corazón y se afirma en nuestra conciencia. ¡Cuántas luchas! ¡Cuántas divisiones! ¿Y quién anima todas estas pasiones? Una sola: el Odio. El Odio es la nube negra y espesa, roja a veces que cubre la Tierra.

‘‘Podemos estar convencidos que la mayor parte de los crímenes que se cometen en la Tierra provienen del Odio invisible que flota a su alrededor y que respiran y asimilan los criminales, ya que el Odio ha agitado sus pensamientos determinando sus actos’’.
Este párrafo de Plank es significativo, pues afirma los efectos de lo que no vemos; el Odio es invisible, ¿no nos habíamos percatado de ello?, sin embargo, sus efectos, sí son visibles, materiales, físicos; el Odio agita los pensamientos, y si como sabemos, somos lo que son nuestros pensamientos…
No podemos olvidar que el Odio se contagia; por un lado al relacionarnos con personas que de por sí ya odien, y, por otro, porque flota en derredor nuestro. Como decíamos al inicio de este Editorial, en sucesivos Editoriales comentaremos la relación existente entre ODIO y ENFERMEDAD; pues también la falta de no-AMOR puede llegar a conducirnos a pérdidas irreparables de salud.

‘‘¿Quién de nosotros no ha sentido alguna vez que sólo el Odio inspiraba nuestras palabras? ¿Quién de nosotros ha sido siempre caritativo en las conversaciones? ¿Quién de nosotros no ha hablado nunca mal de los amigos?’’.
Pues bien, todas estas palabras odiosas e inútiles que se nos escapan a cada paso y que consideramos tan insignificantes, tienen generalmente un poder que no podemos sospechar. Estas palabras cargan el aire que respiramos de emanaciones malsanas, inclinando a los que las escuchan a malos juicios e inquietudes, a la vez que nos colocan en el mismo nivel vibratorio de sus maledicencias, con tendencia a una aprobación injusta y a reforzar el mal.

‘‘Cuando vemos a las naciones que se arruinan en la carrera de armamentos, y leemos los presupuestos de los Ministerios de Guerra y Ejércitos Mundiales, nos podrá parecer como muy natural. En cambio, cuando vemos a unos pobres ingenuos, proyectando algo para dedicar un poco de amor a sus hermanos, lo encontraremos generalmente ridículo o bien cosa de locos’’.
Tristemente es así, y hablando en términos muy generalizados, lo observamos diariamente en nuestra vida cotidiana. Solamente en los momentos de silencio y paz meditativa, somos conscientes de estas incongruencias, derivadas igualmente de otros odios que se van sumando y multiplicando a través del tiempo.

‘‘Y cuando el hombre falto de Amor no pueda elevarse, ¿qué ocurrirá? La bestia se lanzará sobre la bestia para devorarla. ¡Y cuándo no os quede otro dios que el dinero, el egoísmo por derecho, el odio por virtud!... ¿qué haréis? La más espantosa de las carnicerías humanas que se hayan visto. No hay ninguno de entre nosotros que pueda decir: Yo no he odiado nunca. Contad las palabras de amor y comparad su número con las palabras de odio. Contad los actos de amor al lado de los actos de odio. Contad los que se sacrifican y se entregan voluntariamente, al lado de los que solamente se aman a sí mismos’’.
¿Dónde están los diarios, los libros, los ejemplos que nos enseñan a amar? Nuestros hombres son los conquistadores, y nuestras conquistas están todas manchadas con sangre. Los pequeños odios de hoy día son feos, son bochornosos. Ya no somos leones, somos lobos y raposas. Mentimos igual amando que odiando. No creemos en nada, ni en el bien ni en el mal, ni en Dios ni en el diablo.

‘‘La vida se ha convertido en una lucha feroz; atropellamos a nuestro hermano para que nuestro hermano no nos atropelle. Gozar y morir. Ya no respetamos nada, porque ya no amamos nada. Nos burlamos del padre y de la madre. Nos desinteresamos del hijo. La religión no es más que apariencia, hipocresía y rutina. La moral no es más que el egoísmo. Las luchas envenenan, y el lujo desborda. El Odio está en todas partes, arriba, abajo; ¿y dónde está el Amor? Casi en ninguna parte’’.
Parece que sea preciso odiar a todo aquel que tiene más que nosotros, porque le consideramos más dichoso y por ende, le tenemos envidia. Ser dichoso es gozar. Gozar es robar una parte de la dicha de los demás. No amamos a nuestro hermano y a nuestra hermana porque disminuyen nuestra parte de dinero y bienestar. ¿Dónde está el Amor? Casi en ninguna parte. Y, no obstante, sólo el Amor puede salvarnos…