1 de mayo de 1982

LA LEY DE LA ABNEGACIÓN

Por Fulton Oursler

Tengo un amigo que es un famoso neurólogo, y muchos dipsómanos acuden a él después de que otros especialistas les han dejado por casos perdidos. Cuando le pregunté qué tratamiento empleaba, me habló de un hombre al que llamaremos Bill.

Bill, un corredor de bolsa, se despertó una mañana en un hospital para alcohólicos. Desalentado, alzó la vista hacia el médico que le atendía y gimió:
–Doctor, ¿cuántas veces he estado en este lugar?
–¡Cincuenta! Ahora es usted nuestro árbol semicentenario.
–Supongo que la bebida me va a matar.
–Ya no tardará mucho, Bill –replicó el doctor con solemne gravedad.
–Entonces, ¿qué tal si me tomo un traguito para animarme?
–Supongo que no importará demasiado –aceptó el doctor–. Pero hagamos un trato. Hay un joven en la habitación de al lado que se halla muy mal. Está aquí por primera vez. Quizá si se mostrara como un horrible ejemplo podría asustarle tanto que no volvería a beber en el resto de su vida.
En lugar de ofenderse, Bill mostró cierto interés.
–Muy bien –repuso–. Pero no se olvide de ese trago cuando vuelva.
El muchacho en cuestión estaba convencido de que no tenía salvación, y Bill, que siempre se había considerado un agnóstico, no podía creer sus propias palabras cuando le instaba a recurrir a un poder más alto.
‘‘El licor es un poder exterior a ti que te ha vencido’’, le decía. ‘‘Sólo otro poder exterior puede salvarte. Si no quieres llamarlo Dios, llámalo verdad. El nombre es lo de menos’’.
Sea cual fuere el efecto que sus palabras tuvieron sobre el muchacho, Bill se impresionó mucho a sí mismo. De vuelta en su habitación, olvidó por completo el trato hecho con el doctor. Nunca se tomó la bebida prometida. Al pensar por fin en los demás había dado a la LEY DE LA ABNEGACIÓN una oportunidad para que actuara sobre él. Y actuó tan bien que Bill llegó a convertirse en fundador de un movimiento sumamente eficaz, principalmente basado en el poder curativo de la fe: Alcohólicos Anónimos.