1 de enero de 1982

LA LEY DEL KARMA

Queremos comentar alguna de aquellas famosas Leyes, llamadas Ocultas. Y qué mejor ley que la del Karma, la Ley de la Causa y del Efecto No hay causa sin efecto, ni efecto sin causa que lo motive. Ley más justa no la hay; pero la pena está en no saberla comprender. Para ello hay que desengancharse mucho de lo material y esto cuesta más que arar con las manos, por esta razón recibimos un cachete en la mejilla o una patada en el estómago, según los casos, para bajar del burro en que vamos montados.

A veces escuchamos a personas lamentándose de su mala suerte, del trabajo de su pareja, añadiendo a continuación que ellas han obrado siempre bien con respecto a su problema, sin embargo, la causa puede venir de más lejos, y no vamos a adentrarnos ahora en otras vidas, sino tan sólo en ésta.

Podemos hacer mal aquí y recibir allí. Y a la recíproca. Forzosamente no tenemos que recibir el golpe en el mismo sitio. Queremos decir, por ejemplo, que un comportamiento negativo hacia los padres puede repercutir más tarde en el matrimonio; que un adulterio continuado puede marcar la señalización equivocada, y finalizar en desastre repercutiendo en los nietos.

También sucede –por la misma ley– que los actos fueran mediocres/negativos y no se aprecien efectos aparentes en contra de aquella persona, por lo menos a corto plazo. Esto es debido –así lo creemos– a unos antecedentes intercesores suficientemente fuertes (padres, abuelos, bisabuelos) que permiten neutralizar el Karma con su gran valía moral y ética, lo que significa que los efectos no son forzosamente visibles en la vida de un individuo, sino que las causas producidas por el abuelo son transmitidas al nieto, o a otro familiar consanguíneo, a través del código genético y de sus cromosomas, como un bagaje más en el momento de nacer. Para distinguir si es o no el sucesor de quel Karma sólo se tendrá que apreciar si su carácter, maneras de hacer y físico es de parecido similar, ya que también se hereda.

Creo que no exageramos cuando decimos que son múltiples los efectos, y muy variados, con diferentes matices, tanto de colores como de imanes, y se funden y entrelazan los unos con los otros (a través  de matrimonios, de parejas o de amistades), y se agrupan por familias, por sectores, por zonas, por regiones, por países y por mundos.

Pero siempre podemos romper estas causas y con ello ceder los efectos trabajando con ahínco, luchando y, sobre todo, rezando, deseando y queriendo ser mejores. Este anhelo y creencia tienen fuerza y dan más fuerza todavía si el esfuerzo es continuado, a pesar de que el caballo nos tire muchas veces al suelo.

Hay que levantarse, limpiarse (siete veces siete, siempre; o setenta veces siete, mejor), y marchar, y seguir, aun sabiendo que has tropezado; pero éstas es una de las tareas del ser humano: pedir perdón y continuar, procurando una vez más, apartar aquellas piedras del camino…