1 de septiembre de 1981

LA MEDICINA OCULTA

Al escribir este Editorial nos hemos inspirado en los estudios realizados por Paul C. Jagot, ocultista consagrado en todos los órdenes, aunque en este escrito tan solo nos referiremos al título reseñado: Medicina Oculta.

Cuando no se observan las leyes del equilibrio fisiológico, bien porque se ignoran, bien porque deliberadamente se desprecien, este equilibrio mantenido un cierto tiempo por autorreacción orgánica, se rompe más o menos bruscamente y su ruptura se manifiesta por perturbaciones funcionales o lesiones, designadas con el nombre genérico de enfermedades. Uno o varios de los elementos que constituyen el cuerpo físico, dejan de cumplir íntegramente su función, y como todo en el completo humano es solidario, la vitalidad del conjunto disminuye paulatinamente cuando un solo órgano se halla afectado. De ello se sigue que los males del cuerpo repercuten inevitablemente en el alma debilitando o desorganizando su instrumento carnal de manifestación.

Toda medicación que cuida el cuerpo pero olvida el alma es insuficiente, pues si bien el mal viene de abajo y afecta el alma por repercusión no tiene un lugar determinado donde se le pueda atacar. Por otra parte, la causa inicial de todos los estados patológicos es frecuentemente inseparable de vicios cuyo cese hace necesaria la aportación de luz sin la cual la generatriz inicial de la enfermedad se perpetuaría, por acertada que sea la lucha contra los síntomas.

De hecho, la salud, o la recuperación de la salud supone una normalización mínima de los cuatro centros individuales:

– La norma espiritual, inversa del estado de subversión moral.
– La norma intelectual, fuera de la cual el error o la ignorancia fomentan el desorden.
– La norma volitiva, indispensable para gobernarse según las dos primeras.
– Y la norma vital, que resulta del suficiente vigor del cuerpo astral y de la integridad constitutiva del cuerpo físico, así como de la conformidad del ‘‘modus vivendi’’ a las exigencias biológicas.

Estas son las bases de la Medicina Oculta en síntesis que cuida de la moralidad, el discernimiento, la vitalidad y los engranajes de su vehículo tangible. Benignidad del corazón, claridad de entendimiento, acción de la vida universal y retorno al puro ambiente natural se prescriben jeroglíficamente y componen el gran magisterio curativo.

Cuando se apresta a hacer una curación, el taumaturgo, lo que quiere por encima de todo es instaurar la serenidad, buscando primeramente atenuar las manifestaciones dolorosas, tratando de que renazcan la fe y la esperanza, suscitando en el alma del enfermo inquietud por el futuro espiritual, veneración, caridad, indulgencia que justifica los peores agravios. Esta es la forma de purificar el aura psíquica del paciente, apartando así los agentes perturbadores que hubieran podido introducirse para integrar su pensamiento agnóstico, egoísta y rencoroso o simplemente material.

Instruir al enfermo, plasmar en él el sentido de las realidades invisibles, atraer hacia él por medio de invocaciones, las influencias providentes, uniéndole a una poderosa cadena de psiquismo benéfico por conjuración –o sea por adhesión formal a la congregación de los que la componen– es la ‘‘finalidad mística’’ de la medicina oculta.

En algunos centros de iniciación de la antigüedad se recurría exclusivamente a la abstinencia, a la acción interna y externa del agua, a los ritos propiciatorios y al sueño. Preparado por la abstinencia y las abluciones, el enfermo entraba en el templo y allí se recogía y solicitaba de las Potencias Ocultas el ‘‘sueño medicinal’’ –redescubierto luego por el doctor Braid– que favorecía considerablemente las reacciones autoterápicas y que en ocasiones se acompañaba de una luz reveladora de los cuidados y agentes específicos de la enfermedad.

Basándose en todo lo anteriormente expuesto –directrices del Ocultismo–, se podrían curar gran número de enfermos considerados como incurables. Por otra parte, sin intervención del hombre, sin sueño especial, basta con situarse en estado de elevación espiritual y de receptividad psíquica por la meditación, auxiliada si no por el ayuno, al menos por una rigurosa sobriedad y así atraerse las inspiraciones, las luces e influencias susceptibles de contribuir a la curación.

Cuando llega la llamada del Altísimo, los muertos de la veinteava clave de Hermes salen de su tumba. Estos muertos simbólicos son legión entre nosotros, pero por desgracia su densificación material, frecuentemente más invulnerable que las losas del sepulcro, les mantiene amurallados, inertes, inconscientes de las posibilidades ocultas.