15 de noviembre de 1979

PARA LOS QUE TENGAN PROBLEMAS ENTRE RAZÓN Y FE

Carta recibida de un buen amigo.

…me alegra el que se acordara de nosotros para pedir ayuda en sus problemas espirituales, pues exactamente ‘‘para eso nos pagan’’ que decía aquél.
Y no porque sea la Religión cuestión de ‘‘toma y daca’’, como una de esas máquinas de vender chicle, que metes la moneda y sale el envoltorio, impepinablemente, NO. Esto es la magia, o mejor dicho, pretende ser la magia, poner las obras y las fórmulas y obligar al Espíritu, o al dios ‘‘con minúscula’’ a que nos haga o conceda lo deseado y pedido. ¡NO! Nuestro Dios, el que Es, Creador y providente, cuyos caminos no son nuestros caminos y cuyos pensamientos no son nuestros pensamientos, no está obligado, ni se le obliga con nada… Le pedimos, le imploramos, le suplicamos, y es su Corazón de Padre, su misericordia infinita, sus maravillosas promesas, las que le llevan a hacernos caso; pero Él sigue siendo libérrimo, trascendente, y no sujeto a nuestro poder… Lo que le ‘‘obliga’’ por así decirlo, en su AMOR, y por eso, lo que más nos conduce a conseguir el fruto de nuestras peticiones, es la humildad, el reconocer nuestras miserias y necesidades, el presentarnos ante Él como el publicano de la parábola, reconociéndonos inútiles y pecadores, implorando su misericordia… No como el fariseo de la misma, creyéndose justo y mejor que los demás hombres… éste bajó como había subido (aun siendo verdad que cumplía la ley, pero ‘‘se lo había creído’’ y despreciaba a los demás) en cambio el pobre publicano, bajó justificado.
Por eso, el mismo reconocimiento de estos apuros y la misma humildad de pedir ayuda, son la garantía mejor de que pronto podrán arreglarse estas dificultades. Si Dios hizo nuestra razón, y nos ha dado la fe, estemos seguros de que no las ha hecho conflictivas… Lo único que pasa, es que la fe es oscura, no se ve claro, siempre queda un rincón neblinoso… Y es que Dios nos quiere muchísimo, y nos respeta la libertad; si la fe fuera evidente y clarísima, no tendríamos más remedio, todos, que inclinar la cabeza y aceptarla, sin libertad de decir: ¡no! Lo cual sería ya pecado y huida de la verdad.
Dios nos quiere libres, y la aceptación de su revelación es y ha de ser voluntaria, pese a las oscuridades que nuestra poca ilustrada razón, muchas veces oscurecida por la pasión de la propia suficiencia quererlo ver todo clarísimo…
Por eso digo: reconocer nuestra limitada inteligencia (por grande que sea), y pedir ayuda humildemente, es la mejor disposición para solucionar las pegas y recibir el don inapreciable de la fe, que eso es: un don que debemos pedir y agradecer.